Breve historia de las ambulancias

En esta entrada vamos a hacer un largo recorrido histórico puesto que la historia de  las ambulancias, lo creáis o no, está ligada a la historia de la humanidad… Así que agárrate los machos, ponte cómodo e intenta disfrutar. He intentado resumir lo máximo posible y ser menos técnico que otras veces, aunque este texto es puramente histórico, no hacen falta muchos conocimientos de medicina para poder enfrentarse a él.

Es bueno empezar con una definición liviana. Como todos sabemos, una ambulancia no sería otra cosa que un vehículo (ya fuese un carruaje, una furgoneta, un coche o incluso un helicóptero) diseñada para movilizar a personas enfermas o heridas hacia un determinado lugar de destino (un hospital, centro de salud o un sitio donde proporcionarle asistencia sanitaria). Otras veces la ambulancia tiene otros objetivos, como atender en el sitio al paciente (si te pones a potar en un festival de música, por ejemplo).

La etimología de la palabra proviene del latín ambulare, que significa caminar, ya que al principio estos inventos surgieron como si fuesen hospitales que acompañan a un ejército en las campañas.

¿Con qué propósito creó alguien una ambulancia? ¿Por qué surgieron? Estas preguntas son sencillas de responder si nos fijamos momentáneamente en lo que lleva haciendo el hombre con el hombre desde que el mundo es mundo: pelear, luchar, matarse, darse de tortas. Cuando dos ejércitos quedan para darse estopa es normal que el resultado sean cientos de muertos y heridos tirados en medio del campo. Estos heridos necesitan ser llevados a algún lado a que los atiendan, si es que los atienden, y por eso la ambulancia nace directamente ligada a la medicina militar. Es por esto que debemos ir fijándonos lentamente (puesto que la creación de algo tan esencial en la sociedad moderna fue lenta) en cada periodo histórico para saber cómo hemos llegado hasta donde hemos llegado. Empecemos:

En el principio Dios creó el cielo y la… Bueno no, mejor avancemos un poquito. Concretamente hasta donde se tienen los primeros registros, el 900 a.C. En estas fechas encontramos los restos arqueológicos más antiguos de carros que podrían servir en la cultura anglosajona para el transporte de gente con trastornos mentales o leprosos (no era algo de urgencias, era un transporte a la fuerza de estos pacientes). Sin embargo, aún a nadie se le había ocurrido usar estos carros para transportar a gente herida en los campos de batalla. En éstos siempre había médicos, aunque eran más bien personal asignado a los reyes o jefazos para atenderles una vez que llegaran al campamento base, si es que llegaban heridos (sí, os lo creáis o no, algunos reyes se ponían en primera línea de fuego). Pero también podían llegar a atender a los soldados magullados, los cuales, si no podían valerse por sí mismos, debían esperar a que la batalla concluyese para ser traslados y poder recibir “tratamiento médico” (o ser rematados si eran del bando enemigo). Era entonces cuando podían ir a recogerlos, no antes.

NOTA CINEMATOGRÁFICA 1: La película Alexander (2004) de Oliver Stone ilustra este hecho. Una vez finalizada la batalla de Gaugamela (331 a.C.), los heridos (suponemos que solamente los helenos) son llevados al campamento base para ser atendidos. Incluso el propio Alejandro Magno, al ver a uno de los heridos graves llamado Glaucas, le reconforta mientras un doctor le aplica una eutanasia parca (le rompe las cervicales con un martillo para causarle una muerte instantánea). La película gozó de la colaboración de un experto en el mundo antiguo como es el profesor de Historia de Oxford Robin Lane Fox, de modo que sí, podemos creernos que este hospital rutinario es fidedigno (el hospital; el diálogo de Alejandro Magno con el soldado es menos creíble). A quien quiera ver parte de la escena: Escena de Alejandro Magno

Esta que os he contado fue la dinámica más o menos en todo el mundo antiguo. Pero, como siempre, llegó Roma y se puso a organizarlo todo un poco (por algo eran los más adelantados en su tiempo).  Realmente los romanos nunca hicieron gran cosa por la Medicina en sí, puesto que copiaron en gran parte las ideas helénicas. Pero la cirugía fue otro cantar, y es lo que tiene poseer un imperio gigantesco inmerso en continuas batallas; o te curras la atención a los heridos por arma blanca un poco o pierdes.

Con las reformas de Mario (Cayo Mario, un político de la República romana que más o menos creó una infraestructura militar que perduró a lo largo de los siglos y que contribuyó a las victorias romanas), se dividía al ejército romano en Legiones (unos 5000 hombres aproximadamente). Una legión se dividía en 10 cohortes, numeradas del I al X. Y cada cohorte a su vez en 3 manípulos y estos en 2 centurias. Pues bien, a Cayo Mario y a posteriores políticos después de él, se les ocurrió que cada legión podía contar con un grupo de medicus legionis, y cada cohorte de su medicus cohortiis, e incluso medicus alae, si el médico estaba a cargo de una unidad auxiliar de caballería (que estaban en el ala de las cohortes). Todos ellos dependían del medicus ordinarius, quien tendría rango de centurión. Estos últimos serían los verdaderos médicos militares. A los médicos por debajo de los ordinarius se les denominaba conjuntamente capsarii (nombre que también se aplicaba a esclavos en Roma, por lo que hace sospechar que muchos de esos doctores subordinados eran esclavos con conocimientos de cirugía o cuidados médicos). Además, sabed que los ordinarius recibían un estipendio por su trabajo, recibiendo los otros sólo manutención.

Fueron los romanos los primeros  que se sabe que pensaron en evacuar a la gente que se iba a morir en un campo de batalla. Para ello idearon las Ferulum rusticum, que no eran  carros, sino una especie de camillas portadas por los propios soldados. La verdad es que hay pocas referencias de todo ello, pero una pista nos la da la bella columna de Trajano, aún visible en Roma. Como podéis ver en la imagen, un soldado que supuestamente está herido es recogido por sus compañeros. En esta imponente columna se pueden observar, aparte de muchísimos otras imágenes cotidianas de la Roma más esplendorosa (con Trajano Roma alcanzó su mayor expansión), actos médicos tanto en la vida civil como en la militar.

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Detalle de la columna de Trajano: “si ya saben cómo me pongo para qué me invitan”.

Pero es que las reformas romanas no quedaban ahí. A los heridos se les llevaba a la valetudinaria (que proviene de valetudo, buena salud). Estos edificios fueron construidos durante la Pax Augusta, es decir, en la época del primer emperador. Dadas las guerras que tenían que mantener una y otra vez con las tribus del Norte, los romanos diseñaron una especie de hospitales de campaña, aunque no se sabe ciertamente sus funciones. Realmente sería una mezcla entre un hospicio y un hospital, y constaban de pequeñas habitaciones para 5 o 6 personas comunicadas mediante un pasillo central.

Bueno César, déjate de rollos, que a fin de cuentas esto poco tiene que ver con las ambulancias. Es que ese es el problema; quiero que veáis que los romanos alcanzaron un punto álgido que, tras su caída, pocas naciones igualarían en los siglos venideros. Y es que realmente el poder de Roma nunca vino por la valentía de sus soldados (que podían serlo), o por su superioridad numérica (muchas veces las legiones tuvieron que enfrentarse a enemigos mucho más numerosos). El poder de Roma derivaba de una logística increíble, una organización espectacular que hacía que la pérdida de una legión fuese algo remediable, con reclutamientos masivos, entrenamiento eficaz, gran capacidad de movilización y un largo etcétera en el que se incluyen estas estructuras sanitarias. Habría que detenerse un momento para pensar cuánto le debemos a Roma…

Como dije,  tras la caída del imperio romano pocas variaciones hubo a lo largo de los siglos. Tenemos constancia en España de los visigodos y de su creación de un hospital militar en Mérida, pero desconocemos cómo llegaban los heridos hasta allí. Del mismo modo, durante las cruzadas la Orden de Malta creó diversos hospitales militares en Tierra Santa durante el siglo XI, pero de nuevo desconocemos completamente cómo se transportaban los heridos, aunque sí sabemos que se ofrecían pequeñas recompensas a los que traían a un herido desde el campo de batalla hasta el sitio donde se le brindaba atención, así que cuantos más heridos cargases, mayor recompensa te daban. También sabemos que los normandos (esos descendientes de vikingos que vivían en Francia y otros sitios y que acabaron invadiendo Inglaterra) usaban una litera arrastrada por un caballo… Pero nada que pudiera ser entendido como una ambulancia. Suponemos que algunos carros y carretas podrían haber sido usados, por qué no, para trasladar enfermos, tanto en la vida civil como en la militar, pero si existió nunca fue algo de carácter oficial en ningún ejército ni en ningún reino, ni se tiene constancia de ello.

NOTA: Algunos piensan que la Cruz Roja y la Orden de Malta comparten emblema, pero no tienen nada que ver. De hecho, los colores van al contrario, y no se sabe muy bien a qué debe su color el emblema de la Cruz Roja (no, tampoco se relaciona con la bandera suiza). Quien lo sepa que me lo diga…
NOTA CINEMATOGRÁFICA 2: En la película Braveheart (1995), vemos unas imágenes de la batalla de Stirling en la que 2 amables monjes (no sabemos ni a qué orden pertenecen), se meten en medio del fregado para rescatar a los heridos y llevárselos (del bando bueno para Mel Gibson, así que sólo se llevan escoceses, como si los ingleses por aquel entonces no fuesen católicos). No sé hasta qué punto se informó Gibson para rodar esa escena, pero creo que es falsa; ningún monje se iba a meter en medio de la lucha arriesgándose a llevarse un mandoble. Como ya dije, el esquema apenas varió, y había que esperar hasta el final de la batalla para poder hacer algo. Sería una tontería que, con los escasos cuidados médicos que esta gente podía aportar al herido grave, se tuviesen que dar tanta prisa. Por otra parte, destacar que la película está plagada de errores históricos: para empezar la batalla de Stirling está mal recreada, todos sabemos que pelearon con un puente de por medio. También todo el mundo sabe que los escoceses por entonces no usaban falda. Y es obvio que William Wallace nunca conoció a Isabel de Francia. Además siempre me hizo muchísima gracia el retrato que la bellísima Sophie Marceau hizo de ella, como una mujer tímida y desgraciada. Si a Isabel, hija de Felipe IV el hermoso, le llamaban la loba de Francia  sería por algo: fue una mujer terrible, incluso se vio involucrada en la brutal ejecución (brutal incluso para la época: los castraron, los ahorcaron, fueron eviscerados, descuartizados o desollados, sometidos a la rueda y colgados más tarde sus cadáveres) de los amantes de sus cuñadas en el escándalo de la Torre de Nesle. Quien quiera saber más que investigue la vida de esta moza.

Los siglos transcurrieron y, curiosamente, debemos venir aquí a España para saber cómo continúa nuestra historia. En 1487 la reina Isabel la Católica estaba formando un ejército de mercenarios (lo que supuso una revolución para la época, de hecho algunos consideran al ejército que conquistó Granada un precursor del ejército moderno), y para atraer a los mismos, aparte de otras mejoras, creó el primer sistema oficial de “ambulancias” (no como los romanos, sino unas muy rudimentarias ambulancias hechas con carretas) que llevaban a su vez a los heridos a hospitales de campaña. Pero tenemos el mismo problema de siempre; pocos se atrevían a meterse en medio de todas aquellas refriegas, por lo que la mortalidad de los heridos en los campos de batalla seguía siendo altísima ya que había que esperar a que la batalla concluyese.

Bueno, pero en algún momento ese problema tuvo que resolverse ¿no? Pues sí, pero debemos esperar algunos siglos aún. Se lo debemos al barón Dominique-Jean Larrey. Nos vamos a detener bastante en su vida porque, la verdad, le debemos bastante a este señor. Sus avances han salvado vidas y no sólo con la creación de las ambulancias, como luego veremos. Éste es el verdadero protagonista de la historia de hoy, y sería una injusticia no dedicarle el tiempo que se merece…

De él dijo Napoleón “C’est l’homme le plus vertueux que J’aie connue” en su testamento, lo que viene a significar (usando el traductor de Google) que era el hombre más virtuoso que había conocido. Incluso le dejó en herencia la increíble suma de 100.000 francos cuando murió, allá bien lejos en Santa Helena. También añadió “Ha dejado en mi espíritu la idea de un verdadero hombre de bien”. Y es que le debía bastante al cirujano en jefe de su ejército del Rin.

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El barón Dominique-Jean Larrey. Papá del triage y de las ambulancias

Dominique Jean Larrey nació en la villa de Baudéan en los Hautes Pyrenées, un 8 de julio de 1766. Aunque hijo de un zapatero, su abuelo era barbero-cirujano (no os penséis que aquello era prestigioso, era un oficio muy infravalorado en comparación a los doctores). Quedó huérfano a los 13 años y se trasladó a Toulouse, para ponerse a aprender el oficio de su abuelo de manos de su tío, el también cirujano Alexis. Cuando tenía 20 años se trasladó a París para completar sus estudios con los cirujanos más respetables de la época.

Con sólo 23 años participó en la Revolución Francesa junto a un millar de cirujanos y estudiantes, incluso estuvo presente en la toma de la Bastilla. Fue por esas fechas cuando contrajo matrimonio con la hija de un ministro de finanzas del gobierno revolucionario y se enrola (por aquel entonces había mucha demanda de soldados, Francia estaba siendo atacada por todos lados, en especial desde Austria) como cirujano mayor en los ejércitos del Rin. Desde entonces su vida se vio ligada al ejército, y aunque alcanzó un enorme presitigio en la época, no es penséis que fue un hombre rico; nunca tomó ventaja de las posibilidades de enriquecimiento que le ofrecieron los generales (Napoleón incluido) a los que sirvió. Y aunque fuese nombrado barón se trataba de un título honorífico, puesto que no tenía tierras asignadas (incluso después de la caída del ogro de Córcega como lo llamara Dumas, fue despojado de casi todo lo que tenía). Fallecería 20 años después de la muerte del hombre que lo auspició, Napoleón, en la ciudad de Lyon, a causa de una neumonía. Siempre quiso ser enterrado en los jardines del Hôtel des Invalides, pero tal honor le fue negado por aquel entonces. Sin embargo, en 1992 fue trasladado a uno de los lugares más importantes de París y allí descansa. Ésta es, en un breve resumen, la vida de este cirujano.

César, te vas por las ramas. ¿Qué hay de las ambulancias? Ahí voy, sólo quería ligaros a este hombre con Napoleón. Cuando a éste le dio por invadir Europa en un ataque de megalomanía galopante, Larrey acompañó a sus ejércitos. Debemos entender que las cosas habían cambiado (o estaban cambiando) respecto a siglos previos: ahora era frecuente ver a heridos por balas de mosquete, cañón, metralla etc. Esto significaba que entre el herido y el atacante había una distancia, de modo que alguien podía llegar a socorrerle sin el tanto peligro de llevarse un mandoblazo de por medio (aunque sí un tiro, y la verdad es que las luchas cuerpo a cuerpo seguían estando a la orden del día, ya fuese a espada o bayoneta, como veis en la representación de la batalla de Waterloo, donde nuestro hombre participó). Además las heridas eran distintas a las que se venían produciendo tiempos atrás, siendo bastante complicadas y de consecuencias desconocidas para muchísimos cirujanos (Larrey se acabaría convirtiendo también en un experto en amputaciones, como luego veremos).

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La batalla de Waterloo (1815). La fiesta padre

Valmy, 20 de septiembre de 1792. Goethe está en las proximidades y observa la batalla. Una vez decidida la victoria francesa escribe: “desde este sitio y a partir de este día se inicia una nueva era en la historia del mundo”. Lo curioso es que el genio alemán tenía razón, no sólo fue una de las primeras victorias decisivas de las fuerzas revolucionarias francesas, sino que es el comienzo de dos aspectos modernos en las guerras de hoy día: el uso de la artillería como elemento primordial para garantizar una victoria y el origen de las ambulancias. Larrey se quedó pensando en cómo podía socorrer a los heridos del campo de batalla de la manera más eficaz y rápida posible. Y tomó como inspiración la artillería de su país, que por aquel entonces tenía un aspecto revolucionario: la gran movilidad con la que los franceses la empleaban.

Así, después de una escaramuza en Limburg, Larrey le escribió a su comandante militar “mi sugerencia fue aceptada y he recibido órdenes de construir un vehículo al que he llamado ‘ambulancia veloz’. Inicialmente pensé en transportar a los heridos a lomo de caballo, pero la experiencia rápidamente me hizo cambiar de opinión”; el siguiente paso fue construir una carreta con buena suspensión y estabilidad. Una vez fabricada, la oportunidad de ponerla a prueba vino en Königsberg (ciudad natal de un filósofo querido por nuestros políticos españoles: Kant). La idea funcionó; si dejabas alguna carreta en la vanguardia (es decir, exponiéndote al fuego enemigo dado que estás en primera línea) podías atender a los heridos en el mismo campo de batalla, incluso evacuarlo durante las retiradas de las primeras líneas.

Larrey recibió un reconocimiento de la Convención Nacional, lo que fue un logro enorme: fue el primer cirujano militar que recibía esta distinción (ya os dije que los cirujanos por aquel entonces no eran muy tops). Además, su invento empezó a incluirse en varias unidades del ejército francés. Por otra parte Larrey, en 1795, fue asignado al ejército de Córcega, y más tarde conocería personalmente a un joven Napoleón Bonaparte, con quien trabó amistad.

A Larrey le salieron competidores; Pierre Francois Percy fue el propulsor de una ambulancia especial denominada Wurz o superambulancia.

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La superambulancia (no, no es una fiesta gay rara)

Pero el problema de este invento fue que no solucionó lo que Larrey pretendía solucionar: era un carruaje enorme que sólo aparecía al final de las batallas con ocho cirujanos, ocho asistentes y vendajes para 1.200 hombres. Larrey entonces decidió anticiparse a más competidores y diseñó dos ambulancias, mejorando el esquema previo que tenía. Una era pequeña, de dos ruedas, y jalada por dos caballos, pudiéndose transportar en ella 2 heridos. La otra era más grande, con cuatro ruedas, tirada por cuatro caballos y que podía llevar cuatro heridos y equipo médico. Estas ambulancias más grandes formaban auténticas unidades médicas compuestas por 340 hombres divididas en divisiones o cuerpos que llevaban: 15 cirujanos, dos farmacéuticos y 12 de esos vehículos. Los demás eran soldados que hacían las veces de auxiliares de enfermería. Por otra parte, cada unidad tenía asignada un tambor, quien hacía ruidos para comunicar a las tropas la entrada de la ambulancia pesada. Además el propio tambor llevaba varios vendajes para los heridos. La ligera o veloz, por otra parte, podía seguir los movimientos rápidos de los soldados, de modo que eran las que iban  más en vanguardia.

Para que nos entendamos, las tácticas de Napoleón muchas veces se basaban en la velocidad de sus tropas, de modo que los médicos que asistían a los heridos debían llevar esa velocidad. Por eso las ambulancias ligeras iban en primera línea (había que tener valor, piensa que en cualquier momento te puede caer un cañonazo), recogían rápidamente a los heridos y los podían llevar a un sitio de concentración entre las tropas donde estaban las ambulancias más pesadas con todo el servicio médico. Allí se operaban los heridos más graves y, según palabras que demuestran la gran humanidad de este médico, sin importar su rango, distinción o nacionalidad (es bien sabido que Larrey operó tanto a soldados amigos como enemigos).

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Esbozo de las ambulancias veloces de Larrey. A todo gas en el s. XVIII

No sé si os habéis fijado, pero tenemos un rudimentario sistema de triage en todo este asunto. Y es que esta palabra proviene del francés y fue Larrey el primero en aplicarlo en un campo de batalla. Para los que no sepan lo que es, simplemente decir que es lo que usan casi todos los hospitales del mundo (con variaciones) para clasificar la gravedad de los pacientes que llegan al sistema de urgencias y ver qué prioridad hay que darse con cada uno de ellos.

Este sistema de ambulancias revolucionó inmediatamente el modo de hacer las cosas. Hasta Napoleón quedó impresionado; en la batalla de Wagram, de 2000 heridos franceses que pudieron recoger, 600 regresaron a la lucha en menos de dos meses, otros 250, heridos más graves, tuvieron que regresar a París y sólo fallecieron 45 (lo que se corresponde con un 2%). Las palabras de algunos de sus comandantes eran: “sus cuidados para con los heridos son una contribución para la humanidad y un honor para la patria”. A partir de entonces el método de Larrey fue asignado a todo el ejército de Napoleón. Incluso cuando a Larrey se le asignó como cirujano en jefe del ejército de oriente (con batallas en climas muy cálidos en Egipto, Sudán etc) supo adaptarse al terreno, usando dromedarios en vez de caballos para llevarse a los heridos del campo de batalla.

Larrey recorrió toda Europa. Estuvo en Rusia (donde se ganó la admiración de los soldados, puesto que en la penosa retirada en la que Napoleón acabó abandonando a los soldados para irse a París, Larrey permaneció con ellos), Austria, Prusia e incluso en España (donde estudió las lesiones que los guerrilleros españoles ocasionaban a los franceses con minas). Le llovieron reconocimientos, siendo nombrado Cirujano Honorario de los cazadores de la Guardia, comandante de la Legión de Honor y Barón.

Destacar ya por último la participación en la batalla que decidió el futuro de Europa (y a la que Abba le dedicó una canción): Waterloo. En este escenario (que ya vimos anteriormente en un cuadro), se dieron pal pelo 100.000 hombres de infantería, 28.000 de caballería y 13.000 de artillería. Y Larrey estuvo allí, sirviendo fielmente a las órdenes de Napoleón en los 100 días que siguieron a la vuelta de su primer destierro de la isla de Elba. Los franceses perdieron, siendo el vencedor Arthur Wellesley (no confundir con el padre de Ron, el amigo de Harry Potter), duque de Wellington. Cuenta una anécdota que Larrey estaba sumamente ocupado con la atención y cuidado de los heridos y al saberlo Wellington (a quien impactó que los médicos franceses estuvieran tan cerca de primera línea de fuego, quitándose el sombrero y diciendo: “yo saludo el honor y la lealtad de tal doctor”) ordenó que los proyectiles fueran dirigidos en otra dirección y que dejaran a los médicos trabajar tranquilos (eran otros tiempos, hoy la OTAN ni es capaz de no bombardear un maldito hospital de MSF). Sin embargo Larrey acabó por caer herido y fue capturado por los prusianos, quienes lo condenaron a muerte. Cuando estaban a punto de ejecutarlo, un cirujano prusiano lo reconoció e informó al mariscal en jefe prusiano, quien lo perdonó y lo liberó. ¿Por qué lo hizo? Pues porque el hijo de otro mariscal prusiano había caído herido durante la campaña de Austria, años atrás, y Larrey lo atendió personalmente, haciendo todo lo posible por salvarle la vida, cosa que consiguió. Karma, lo llaman.

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Larrey metido en medio del marrón socorriendo soldados

Las campañas napoleónicas produjeron la muerte de 150.000 hombres en acción, y 2.500.000 muertes más por las complicaciones de las lesiones producidas durante los combates. Dominique Jean Larrey participó en 25 campañas militares, 60 batallas y más de 400 encuentros o escaramuzas. Se dice que Napoleón no mostraba mayor respeto y aprecio por sus tropas como lo hacía Larrey y lo llamó “el mejor amigo de los soldados”.

Larrey destacó en muchos otros campos, no sólo en las ambulancias o en el triage. Fue un cirujano militar admirable en su época, siendo capaz de realizar amputaciones en menos de cinco minutos (lo que es de agradecer en una época sin anestesia). En la batalla de Borodino, en Rusia, realizó el personalmente 200 amputaciones, y en la de Berezina 234. De hecho hoy día existe un método conocido como amputación de Larrey, o un método para desarticulación del hombro, también conocido como procedimiento de Larrey.  Incluso consiguió coserle la lengua a un oficial que se la había mordido y casi la había perdido. Y fue exitoso.

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Pasos para hacer una correcta amputación. Dibujos de Larrey

También estudió mecanismos de homeostasis, procedimientos de drenaje del empiema, del hemotórax y del hemopericardio. Dedicó tiempo al tétanos, lo que hoy se conoce como enfermedad de Larrey (un tétanos en el que predomina la contractura a nivel de la faringe y disfagia intensa). También conocemos el signo de Larrey, que consiste dolor intenso en la sínfisis sacroilíaca que los pacientes con sacrocoxalgia perciben al sentarse en un plano resistente. Y, por último, el trígono estreno-costal del diafragma recibe el nombre de hendidura de Larrey, es una vía idónea para el drenaje del hemopericardio (¿os suena la hernia diafragmática congénita de Morgagni-Larrey? ¿De quién creéis que es el segundo nombre?)

NOTA CINEMATOGRÁFICA 3: Ya que estamos hablando de amputaciones y alejándonos un poco del tema principal: si queréis ver una buena amputación en el cine, tenéis que ver Master and Commander (2003), que ya mencioné en un post anterior, al principio de la película. También tenéis la escena gore de la película 127 horas (2010) de Danny Boyle, con James Franco atrapado en una roca: (no apto para muy sensibles) 127 horas: escena de amputación. También hay una escena en House MD, en el capítulo Help me, capítulo 22 de la sexta temporada. Y no recuerdo ninguna más, pero seguro que hay más por ahí.

Con esto termino la historia de este hombre que fascinó a contemporáneos y aún nos fascina a nosotros. Larrey fue incansable en su trabajo, sufrió heridas en batallas, brindó cuidados y apoyos sanitarios a todos los que lo necesitaran, independientemente de en qué bando hubiese luchado. Sufrió también la caída de Napoleón, puesto que durante bastantes años fue olvidado por el nuevo régimen de la restauración de los borbones (que, afortunadamente, fueron a ser expulsados de nuevo de Francia). Y, por encima de todo, fue un humanista, el ejemplo de lo que todo médico debía ser. Durante muchos años, los soldados que habían combatido y habían caído heridos, no eran sino una carga más, un impedimento para el escenario de la guerra. Pensad que estáis en medio de la batalla y una bala os destroza la pierna. Tendríais que esperar a que todo el caos acabase y rezar mucho, muchísimo. Si vuestro ejército ganaba, al final llegaba un carro con las escasas medicinas que podían daros si aún no habíais fallecido. Y si vuestro ejército perdía y se batía en retirada… Pues el enemigo lo más probable es que os rematase, dado que seríais un estorbo más y no se iba a ocupar de vosotros. Quiero que comprendáis lo que hizo Larrey, quien incluso se opuso a la matanza de soldados enemigos, para poder atenderles él y sus doctores. Incluso se ganó algún problema al pelear con la oficialidad corrupta del ejército napoleónico, sacándolos de las camas por la noche para conseguir acomodo de los heridos y material médico. Y todo esto cuando tenía apenas 26 años…

Luego vas por el Hospital y ves a médicos supercabreados o que no hacen caso del residente o del alumno que tienen al lado porque tienen “mucho trabajo”. Habría que contestarles: “cuando las bombas de los cañones caían a su lado, Larrey seguía operando. Y no se quejaba tanto” (bueno, no, que es una frikada y seguro que se cabrean aún más).

NOTA CINEMATOGRÁFICA 4: Larrey nunca ha tenido el reconocimiento cinematográfico que debiera (aunque en Francia goza de grandes honores, estando enterrado en los Inválidos). Sin embargo, en la serie House MD, le rindieron un poco de homenaje en el capítulo 12 de la segunda temporada. Veréis, la terapia larval es un procedimiento bastante tosco que se usa desde tiempos muy antiguos: ciertas larvas de moscas pueden colocarse encima de una herida y la limpiarla, ya que se alimentarán únicamente de tejido muerto, evitando el tejido intacto. Esto estimula la cicatrización de la herida. Fue Ambroise Paré (siglo XVI) uno de los primeros que se dio cuenta, en la batalla de San Quintín, de este posible uso. Pero se confundió y pensó que se trataban de gusanos… Siglos más tarde Larrey en la campaña francesa en Siria  descubrió que eran larvas de moscas. Pues bien, House tiene que ocuparse de un chico que tuvo un accidente de moto con quemaduras en el cuerpo y otros problemas que no mencionaré… Tras varios diagnósticos, Cameron sugiere  que la causa de esos problemas podría ser una infección común por las quemaduras que acaba dañando el cerebro. Pero como el chaval tiene muchas zonas dañadas y está fatal, no pueden usar antibióticos. House se acuerda de Larrey y usan larvas que se comen la carne muerta y destruyen las bacterias (los padres del chico flipan pepinos, lógicamente, cuando le ponen larvas como vemos en la imagen, pero os lo creáis o no, actualmente la FDA permite el uso de esta terapia y ya son más de 10.000 centros en USA que la usan, siendo una opción como otra cualquiera). Otra cosa más en la que contribuyó Larrey.
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Con estas larvas quedarás como nuevo

Bueno, si has llegado hasta aquí sólo decirte… Gracias por resistir. Sé que me he desparramado, pero una vida tan interesante como la de este señor no merece ser resumida… ¡Ánimo que ya queda menos!

Así que ya tenemos algo parecido a una ambulancia, aunque como podéis entender, no es ni parecido a lo que hay hoy en día. De modo que tenemos que seguir avanzando, pero ya vemos que el esquema que Larrey nos dejó es la base en la que se sustenta lo que tenemos hoy día.

Estamos en la fría, gris y contaminada ciudad de Londres de principios de la Revolución Industrial. Aquí las epidemias de cólera son cosa común, puesto que muchas fuentes están contaminadas (de hecho, hoy día el cólera sólo está presentes en áreas muy pobres del mundo como la India). Es 1832 y se desata el caos en la ciudad (bueno, no sólo en la ciudad, incluso en España por aquel entonces también la sufrió y se vieron afectadas 300.000 personas). A las autoridades londinenses se les ocurre que la idea de Larrey puede ser de ayuda en este caso; organizan entonces carromatos en los que llevar al paciente y poder atenderlo mientras van a toda máquina hacia algún hospital. Esa fue una auténtica novedad; poder ir tratando al paciente en el viaje (piensa que por aquel entonces al enfermo de cólera se le hacía beber muchísimo para paliar lo que perdía en forma de diarreas y poco más, de modo que no era muy difícil el tratarlo en el viaje).

Para otro salto debemos buscar otra guerra. En el Nuevo Mundo el Norte y el Sur luchan encarnizadamente. Dos médicos militares de la Unión, Joseph Barnes y Jonathan Letterman, leen los avances de Larrey y deciden copiarle la idea, y además mejorarla. La guerra ha avanzado, ahora la lucha cuerpo a cuerpo es cosa poco frecuente, los nuevos rifles aportan más potencia de fuego, y la distancia entre combatientes se agranda (incluso en esta época surgen los primeros francotiradores, destacando Truman Head, también al servicio de la Unión). Los explosivos han sido potenciados (como podéis recordar en la escena inicial del pestiño que es para mí Cold Mountain (2003) Cold Mountain scene). Por eso deciden aportarle más ligereza al aparato.

Se asignan una ambulancia por regimiento, y se les pone señales bien visibles. Son carromatos con cuatro ruedas, siendo bastante ligeros. Incluso los barcos de vapor son usados como hospitales móviles, tal como se hace hoy día en muchas ocasiones (los barcos de vapor fueron muy importantes en la Guerra Civil americana; participaron en varias batallas, como en la batalla del fuerte Hindman). Incluso se usa el ferrocarril para poder transportar a los heridos.

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Ambulancia en la Guerra de Secesión americana (1861-1865)

Los buenos resultados en el conflicto hacen que no nos movamos de EEUU. Al final de la guerra, en 1865, el hospital Commercial Hospital de Cincinnati, Ohio, decide que ellos también pueden ir recogiendo enfermos en la ciudad y llevarlos lo más rápido posible hacia el hospital. Otros hospitales se suman a la causay entra en escena Edward Dalton, otro médico militar más de la Unión. En Nueva York, en 1869, inicia un servicio de ambulancias que lleva al enfermo al hospital cómodamente, y lo hace rápido; tiene siempre caballos frescos de modo que desde que se recibía la señal de socorro hasta que se ponía uno en marcha tardaba medio minuto. El servicio se hizo popular y creció rápidamente.

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La ambulancia que te podías encontrar en 1895

Londres se hizo eco de la idea y también sus hospitales organizaron estos servicios. Se trata de una revolución; ya no estamos en un campo de batalla, sino en la vida civil. Eso sí, de momento quien quisiese este servicio debía pagar el coste del viaje (¿de qué me suena a mi esto?). Además, muchos médicos generales viajan en la ambulancia hasta el domicilio del enfermo y hacen triage en la casa; si el enfermo podía quedarse en su domicilio era tratado allí mismo. Si el médico consideraba que había que transportarlo se le subía a la ambulancia y arreando para el hospital. Si habéis visto la película Doctor Zhivago (1965) podéis comprobar esta práctica cuando el doctor acude a ver a la madre enferma de Larisa Fiodorovna.

Esto ya no hay quien lo pare. Por todas partes, desde Brasil, pasando por EEUU, Inglaterra, Francia, España, Alemania hasta Japón, miles de hospitales por todo el globo se dan cuenta que pueden brindar grandes servicios a todos sus pacientes mediante estos sencillos sistemas. Se usa todo lo que se puede: caballos, tranvías, trenes y un largo etcétera. También se van mejorando los medicamentos que se transportan en ellas (obviamente).

Debemos esperar a principios del siglo XX para ver las primeras ambulancias mecanizadas. El honor le corresponde a Chicago, en Estados Unidos. Era un coche del Michael Reese Hospital y podía alcanzar muchísima más velocidad que los carruajes tirados a caballo. Sin embargo eran eléctricas; la primera ambulancia que funcionaba con gasofa surgió en 1905 de manos de los canadienses, y se llamaba Ambulancia Palliser. Su uso en principio fue (y esto no nos debería extrañar a estas alturas) militar, siendo un camión muy grande en el que incluso se hacían operaciones.

EEUU fue la sede de la primera producción en masa de ambulancias, concretamente Nueva York. Es gracioso pensar que fueran las funerarias las primeras en crear estos vehículos a gran escala, puesto que los coches fúnebres tenían un esquema muy parecido al que se quería conseguir en las ambulancias.

Y… De nuevo una guerra, esta vez una peliaguda que se cobró 10 millones de vidas. En la I Guerra Mundial Ford aportó miles y miles de ambulancias en un diseño que recibió el nombre de Ford T, y que hemos visto decenas de veces en películas sobre la época. Además fue el primer conflicto en el que La Cruz Roja realizaba asistencia sanitaria en los campos de batalla. Los vehículos monitorizados fueron un éxito rotundo, por las evidentes ventajas que ofrecían sobre los caballos. Algunos vehículos conseguían ser lo suficientemente veloces y rápidos como para llevar enfermos a los hospitales o actuar como  quirófanos improvisados.

Model T Ambulance
Ambulancia Ford T. Menudo cochazo ¿eh?

Además por aquel entonces llegó un invento muy novedoso, la radio. En los años 20 muchísimas radios fueron colocadas en las ambulancias, de modo que el proceso de llamada se agilizó enormemente.

La I Guerra Mundial trajo los primeros combates con aviones… Y las primeras ambulancias aéreas. En 1920 John Flynn, en Australia, consiguió establecer un auténtico Servicio Médico Aéreo, fundamental en aquel país (imagínate que te pones malo en ese pedazo de desierto gigante que tienen dentro del país que se llama Outback; lo mejor es que te vayan a buscar en avión).

La entrada de las ambulancias en el escenario de la guerra no suspuso que los médicos o enfermeros dejasen de acompañar a pie a los soldados; todo lo contrario, tenían que estar al pie del cañón para poder atenderlos de la manera más inmediata posible. Ese esquema sigue aún a día de hoy; es el médico el que acompaña a las unidades militares y, si bien procura no exponerse al fuego más inmediato, ha de estar muchas veces inmerso en los enfrentamientos.

NOTA CINEMATOGRÁFICA 5: Lo que acabo de decir lo hemos visto en multitud de películas. Me gusta mucho el reflejo que se hace en Hermanos de sangre (2008) de la labor de un médico en el frente.  En esta miniserie espléndida, hay un capítulo entero dedicado a las vivencias del doctor de la compañía Easy. Si bien no es mi capítulo favorito, es de elogio la fidelidad con la que se narran los hechos. También de Steven Spielberg nos llega Salvar al soldado Ryan (1998), que tiene una escena que considero poco creíble, aunque pudiera darse, no lo niego; en medio del desembarco en la playa de Omaha, bajo un increíble fuego enemigo, el cirujano se pone a operar a un herido… No sé hasta que punto es verdad; si leemos varias anécdotas de aquel día nos podemos llevar datos increíbles (como destaca el historiador Anthony Beevor en su libro El día D), pero se me hace raro esa imagen…El caso es que estos médicos incluidos en las unidades militares los hemos visto en decenas de películas desde entonces: La chaqueta metálica (1988), Platoon (1987), o Uno rojo, división de choque (1980). Estos médicos exponen sus vidas para poder atender inmediatamente a los heridos en el campo de batalla. Hay que tener mucho valor para hacerlo…
La imagen de la izquierda es la miniserie, la de la derecha es la escena de la película que podéis ver aquí: Saving Private Ryan: Omaha beach

Una vez acabada la II Guerra Mundial… Poco más que añadir. Llega la Guerra de Corea y Vietnam y se incorporan los helicópteros. Es muy famoso el H-13, siendo reconocible en una película (que me vi y apenas recuerdo) y una serie (que no me vi) tituladas M.A.S.H. y que nos recomendaron en la carrera en la asignatura de Neurología. A estas guerras le debemos el que hoy día usemos en casi todas partes los helicópteros para trasladar heridos (como es el caso de nuestro hospital).

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Vietnam, 1966. Más o menos como hacen hoy día en el HUCA

Simplemente quiero destacar el modelo Eureka Cadillac, que se empleó como ambulancia porque tenía el techo bastante alto y permitía mayor movilidad a los médicos a la hora de tratar al paciente. ¿Por qué le dedico un poco de atención? Pues porque sale en los Simpson cuando Homer se compra una, no por nada en especial (sí, soy así de bobo).

Ahora mismo las ambulancias no tienen nada que ver con el pasado. Se han incorporado nuevos medicamentos, máquinas de soporte vital, elementos digitales y una larguísimo etcétera. Incluso no hay ambulancias iguales entre países, dadas las prevalencias de unas enfermedades y heridas en unas regiones y otras. Simplemente destacar que lo que más ha cambiado desde los ’70 hacia aquí, aparte de muchos equipos de soporte que se han ido inventado, ha sido… La camilla.

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Lo último en ambulancias. Cuánto hemos avanzado ¿eh?
NOTA: Todos sabemos que las ambulancias llevan las letras al revés para que puedas leer lo que pone si tú vas en el coche y miras por el retrovisor (de modo que verás que viene una a toda máquina y leerás ambulancia correctamente). Sin embargo ¿sabes que es el símbolo que portan las ambulancias en EEUU? Se llama estrella de la vida; una estrella de seis puntas de color azul con un borde blanco y que en su centro posee la vara de Esculapio. La diseñaron los estadounidenses, y sirve para identificar todos los vehículo sanitarios en ese país. Luego cada país ha hecho sus variaciones (en Madrid lo usan en el SAMUR, como se ve en la foto, aquí no).
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Es el símbolo azul en el lateral, al lado del 112

Por último y como anécdota: la dos guerras mundiales fueron tan importantes y movilizaron a tal cantidad de gente que incluso personajes famosos tuvieron que prestar ayuda (decir que algunos no eran famosos cuando partieron hacia el frente). Y, pese a que muchísimas personalidades ocuparon distintos puestos en el esfuerzo bélico, a nosotros nos interesan los que conducían ambulancias o sirvieron como camilleros.

Hemingway in an American Red Cross Ambulance in Italy, 1918
Un joven Ernest Hemingway en su ambulancia

Creo que uno de los más importantes fue el escritor y futuro premio Nobel Ernest Hemingway, no por el trabajo que realizara, sino porque los hechos que vivió le sirvieron para componer la novela: Adiós a las armas (un libro antibelicista muy recomendable, aunque no recuerdo mucho de él ya que lo leí hace bastantes años). Era 1918 y la I Guerra Mundial estaba acabando. Con apenas 19 años el escritor se enroló en la Cruz Roja y partió a Italia. De hecho, el escritor quedó herido seriamente por el estallido de una bomba, y mientras estaba convaleciente en el hospital conoció a la enfermera Agnes von Kurowsky, quien sería su primer amor y la inspiración del personaje femenino de la novela, Catherine Barkley. También conoció en Italia a otro escritor, John Dos Passos, quien también fue conductor de ambulancias.

De hecho John Dos Passos estuvo en la batalla de Verdún, en Francia, una de las batallas más sangrientas de toda la guerra (murieron 1 millón de personas). A su vez, Dos Passos se hizo amigo de otros escritores, también conductores de ambulancias, como E.E. Cummings.

Hay muchísimos personajes más que participaron en la I Guerra Mundial ayudando a los heridos: el compositor Maurice Ravel (a muchos os puede sonar su bolero: bolero de Ravel ), directores de cine como Jean Cocteau (director francés del que os recomiendo su Bella y bestia (1946), muy distinta de la película de la factoría Disney) o incluso el propio Walt Disney (en la foto lo podéis ver con una ambulancia que el mismo decoró).

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El padre de Mickey Mouse y su ambulancia

La lista es muy larga, y no debemos también olvidar a todos aquellos hombres y mujeres anónimos que dedicaron esfuerzo y vidas en poder salvar las vidas de los heridos en aquella guerra estúpida.

Pasando a la II Guerra Mundial, también fueron muchísimos los personajes famosos que colaboraron en el transporte de heridos. Empezamos con el que luego sería papa de la Iglesia Católico: Juan XXIII (para muchos, uno de los mejores papas que ha habido) se metió muchas veces en el fregado como camillero y como capellán. Incluso alcanzó el rango de sargento. También a destacar el premio Nobel de literatura irlandés Samuel Beckett. Este hombre no sólo estuvo alistado en La Cruz Roja irlandesa como conductor de ambulancias, sino que colaboró con la Resistencia Francesa y estuvo a un pelo de ser capturado por la Gestapo.

article-2149307-134385B0000005DC-31_634x529Y, por último, aquí tenemos a una jovencísima Isabel II de Inglaterra, quien con 18 años (febrero de 1945) ingresó al Servicio Territorial Auxiliar de Mujeres como teniente segunda, formándose como conductora y mecánica. Aunque, obviamente, nunca entró en batalla.

Me olvido de muchísimos, y de muchas otras guerras. Incluso luego ha habido conductores que han plasmado sus memorias en libros. También ha habido muchos personajes famosos (escritores, pensadores, políticos, abogados, médicos etc) que lucharon y murieron en batallas, combatiendo  e incluso pilotando aviones. Pero yo sólo me he querido centrar en el tema que nos tocaba, los conductores de estos vehículos. Sólo lanzo una pregunta ¿os imagináis a algunos famosos de hoy en día colaborando de esta manera? Y por favor, no me respondáis que Reverte fue periodista de guerra.

Como vemos, algo tan esencial en nuestro mundo como es una ambulancia tiene un origen bélico, destinado a poder socorrer a heridos en los sinsentidos que son las guerras. Ese el mayor problema de éstas; lo paradójico que resulta que sean la expresión más bárbara del género humano y a la vez, por los esfuerzos empleados en ellas, sean fuente de progresos como el radar, las ambulancias, los aviones o incluso los antibióticos (hubo una impresionante carrera por descubrirlos y desarrollarlos en los años previos a la II Guerra Mundial). Pero como suele ocurrir, donde hay oscuridad debe haber una luz, donde hay sinrazón debe haber compasión. Por eso me despido con las imágenes de tres médicos militares. El primero es un médico estadounidense atendiendo a su enemigo, un chiquillo alemán de 20 años herido. El segundo es alemán y está ayudando a prisioneros soviéticos. El último es un médico soviético que atiende a un enemigo finés herido en la guerra de invierno. No quiero decir que esto fuese lo común, pero como estamos ya hartos de ver horrores de la guerra, es mejor quedarse con estas imágenes. Y es que la guerra saca lo mejor y lo peor del ser humano…

 

 

 

 

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