Al Polo en globo

Hoy veremos una increíble historia que nos enseña que la mala preparación de una empresa, aunque esta misma sea llevada a cabo con la mayor ilusión del mundo, puede hacer que desemboque en un fracaso estrepitoso. Porque hoy hablaremos de una idea loca, aunque en su tiempo se dio por lógica y sensata, realizada a cabo por unos suecos que quisieron ser los primeros en conquistar el Polo Norte y usaron para ello un globo aerostático. Y, como le ocurriera a Dédalo, el intento de alcanzar la meta demasiado rápido y el ser demasiado ambiciosos sin pensar en las consecuencias condujo a su triste final.

INTRODUCCIÓN

La conquista del Polo Norte no fue cosa sencilla; aquello no es como la Antártida, una gran masa de tierra firme recubierta de nieve y hielo que puedas pisar tranquilamente. Hay hielo y nieve, sí, pero no está sobre algo firme, sino que debajo hay un inmenso océano que desplaza gigantescas masa de hielo. De modo que si por algún casual llegas hasta allí, descubrirás que lo que caminas un día puede que no signifique nada puesto que el movimiento del “suelo” que pisas (lo que se conoce como la deriva de la banquisa polar) revertirá todos tus logros.

Es por eso que a la gente le costó llegar hasta allí y hubo que emplearse bien a fondo. Incluso hubo algún caso de un mentirosillo; Robert Peary, quien en la carrera por alcanzarlo que protagonizó junto a Frederick Cook, falseó los datos para poder decir que él había llegado antes. Pero esa es otra historia, lo que quiero que tengáis en cuenta es que los humanos llegamos hasta ese punto del planeta 37 años después de conquistar el Polo Sur, en 1948, tras el final de la II Guerra Mundial. Fueron los soviéticos, bajo el mando de Alexander Kutznetsov, quienes llegaron y pisaron el terreno, aunque el noruego Amudsen (el primer ser humano en llegar al Polo Sur) lo había visto desde el aire mucho tiempo antes, al llegar allí con un aeroplano (remarco lo de visto, porque lo vio, en ningún momento aterrizó).

¿Por qué esas ganas locas de llegar al Polo? Sinceramente no creo que la respuesta a esa pregunta te la puedan dar de manera exacta ni los propios aventureros que allí llegaron. Tal vez sea porque llegar allí supone la culminación de un desafío que lleva hasta el límite la condición humana, así como la puesta a punto de la tecnología y de los conocimientos adquiridos. Llegar allí supone inscribir tu nombre en la historia, aportar un grano de arena en todas las grandes empresas que los seres humanos hemos realizado y de las que podemos estar orgullosos. Por eso no nos han de extrañar estas “encarnizadas” luchas por llegar antes que nadie, ni nos ha de sorprender que la gente cometa locuras e insensateces para conseguirlo, como es este caso.

PLANIFICANDO LA EXPEDICIÓN

Suecia, 1897. Una fiebre nacionalista se ha apoderado del país escandinavo, lo que está en consonancia con otros países de Europa. Por aquel entonces el Imperio Británico dominaba el mundo, los alemanes habían demostrado su poderío frente a Francia en la guerra de años atrás. Rusia se extendía por medio mundo y España… Bueno, España estaba a punto de verse humillada ante Estados Unidos, país que también impulsaba políticas fuertemente expansionistas. Así, con medio mundo volviéndose loco por nuevos territorios y por demostrar que la tenía más grande que el vecino, Suecia no quería quedarse atrás. Y claro, está allá arriba arrinconadita, de modo que tuvieron que pensar en irse hacia donde les quedara un hueco libre, lo que significaba irse aún más al Norte. Y encima le habían salido competidores: Rusia, Reino Unido y EEUU (que había comprado Alaska) ya hacían tentativas de llegar hasta allí.

En esas circunstancias surge la figura del ingeniero sueco Salomon August Andrée, quien tiene una idea que, en un principio, bien podría pasar por brillante a los ojos de los que no conocemos la logística de la aeronáutica; si hacemos un viaje desde el archipiélago noruego Svalbard (situado al norte de Noruega) hacia Canadá, en algún momento quizás pasemos por encima  del polo Norte. En medio del clamor popular de una nación que se estaba quedando atrás en la carrera por el polo, la idea fue aceptada de inmediato y financiada por multitud de grandes personalidades… Sin tener en cuenta que el plan era, en gran parte, una locura.

No quiero dármelas de listo porque yo de globos y en general de cosas que vuelan no tengo ni idea. Además, Andrée era ingeniero de la Real Oficina de Patentes de Estocolmo y estoy seguro que sabía más de estos asuntos que yo, por lo que no quiero menospreciarlo. Pero leyendo un poco acerca del por qué fue una locura nos encontramos con los siguientes aspectos:

Andrée ya había probado suerte con los globos aerostáticos y era poseedor de su propio aparato, con el que se había entrenado recorriendo más de mil kilómetros por los territorios bálticos. Así que nos puede sorprender que una persona tan experimentada sufriese una tragedia como la que narraremos a continuación, pero el problema es que cuando uno viaja en estos aparatos no lo hace como hoy en día; si estás por encima de las nubes sin ningún aparato electrónico que te de tu posición exacta como es el GPS que usamos actualmente, muchas veces se puede hacer difícil saber dónde estás. Además tenemos el inconveniente de la gran velocidad alcanzada por el globo cuando es el viento el que lo impulsa, convirtiéndolo en muchas ocasiones en un medio de transporte ingobernable.

Nuestro ingeniero ya había lidiado con ese problema en alguno de esos viajes y había inventado un sistema de agarre para el globo; con la ayuda de unos cables que llegaban hasta el suelo (o el mar, según se diese), frenaban el aparato y así no se alcanzaba esa peligrosa velocidad. Y aunque esta idea pueda parecer más o menos buena (a mí personalmente se me hace rarísima la imagen de un globo del que cuelgan cables hasta el suelo) los ingenieros modernos la consideran imposible y un método poco fiable, dado que es posible que las cuerdas se enrollen en algún sitio y tiren bruscamente del aparato.

Pero nada de esto se previó en la planificación del viaje. Era tal la prisa por la aventura que casi nadie se detuvo a juzgarlo con severidad. Además, Andrée era un buen orador, de esos que se ligan a cualquiera, por lo que encontró financiación casi enseguida. Muchas personalidades se sumaron a la causa (entre ellos el propio rey Oscar II o el inventor del premio Nobel) y se reunió una considerable suma de dinero para sufragar los gastos.

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Fábrica de globos de finales del s. XIX

En 1896 se empezó la construcción del globo en Francia, un país que por aquel entonces tenía tecnología punta para construirlos de una manera bastante fiable (muy herméticos, de modo que era difícil que el gas se escapase). Sin embargo, no sé si veis dónde está el problema; las condiciones climáticas, meteorológicas y atmosféricas no son las mismas en nuestro país vecino que en el círculo polar ártico. Por otra parte, el aparato, una vez construido y llevado hasta Suecia no fue evaluado ni probado en el terreno, sino que se emprendió la expedición al poco de llegar. También es de destacar que mientras que en Suecia apenas había críticas a todo el asunto, en Francia y en Alemania no todos eran tan optimistas. Sin embargo, la prensa nacional e internacional no dieron mucho espacio a los escépticos, predominando la visión optimista e ilusionada del sueco.

He mencionado las condiciones atmosféricas del ártico. La verdad es que algunas pudieran pasar por ventajosas, como el hecho de que haya sol las 24 horas del día, lo que permitiría una mejor navegación ya que hay luz en todo momento. Pero Andrée se desentendió de otras que son obvias cuando piensas en hacer un viaje allá arriba; la niebla muchísimas veces presentes en el ártico, las enormes tormentas, lo vientos de una velocidad terrible y la humedad, de tal manera que se puede recubrir con agua todo el globo, y una vez que baje la temperatura, al formarse hielo, harían que el aparato descendiese de altitud por el mayor peso. Además, cabe la posibilidad de que el viento no siempre sople donde uno quiere, y convierta así el globo en un aparato ingobernable.

Por otra parte quedaba enrolar a la tripulación. Los escogidos fueron Nils Gustaf Ekholm, meteorólogo, y Nils Strindberg, joven estudiante de física en Estocolmo. Más tarde, después de un primer intento de iniciar el viaje y por desavenencias con Andrée, el señor Ekholm (que se había vuelto un poco escéptico acerca de la viabilidad del proyecto) fue relevado por un ingeniero de 27 años llamado Knut Fraenkel. Por lo visto entre todos reunían unas mentes brillantes, pero no eran hombres con la constitución ni el entrenamiento físico requerido para esta aventura (excepto Frankel, que era atleta). No fueron entrenados en ningún momento para sobrevivir en el Polo, ya que la posibilidad de que la expedición fuese algo más que un simple paseíllo en globo no era contemplada.

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El equipo que lo intentó en 1896

Así pues, con el globo ya en Suecia y los pasajeros subidos a él, en 1896 hubo un primer intento, que falló porque el viento soplaba desde el norte (justo al revés de los deseos de Andrée), por lo que a casita, que llueve, y a esperar pacientemente a que cambiasen las cosas.

LA AVENTURA FALLIDA

Como los expedicionarios estaban con el culo apalancado en sus casas esperando a que los vientos fuesen favorables, los patrocinadores y los periódicos se empezaron a impacientar. A fin de cuentas la expectación era grande, así como el dinero invertido. Por otra parte el noruego Nansen acababa de llegar por aquellas fechas de una expedición por el ártico a bordo de su velero, con resultados bastante positivos. Es por ello que a Andrée se le metió prisa y  casi un año después tuvieron que partir con el cambio en la tripulación que he mencionado.

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La ruta de la malograda expedición

Por todo ello, el grupo viajó hasta Danskøya, una isla del archipiélago Svalbard (hoy perteneciente a Noruega) en verano de 1897. Allí recogieron el globo que habían dejado el año anterior tras el primer intento y comprobaron que los vientos eran más favorables. Andrée escribió un último telegrama al rey y al periódico Aftonbladet, sus principales patrocinadores (otros métodos de comunicación con la civilización consistían en boyas y palomas mensajeras, ambos demostraron ser de muy poca o nula eficacia), y dio la orden de partida. Jamás regresarían con vida a Suecia…

Ya desde el primer momento hubo problemas con las dichosas cuerdas de arrastres inventadas por nuestro ingeniero; por culpa de la fricción de estas cuerdas con el agua, la canasta del globo volcó en los primeros minutos de partida, por lo que hubo que soltar algunas para poder tomar altitud. Por otra parte, una vez que se tomó la altitud adecuada surgió un problema mucho más grave; la diferencia de presiones hizo que el globo (a pesar de ser de construcción francesa, famosos por el hermetismo que ya señalé) perdía más hidrógeno del que debería. Es por ello que el viaje en globo no duró demasiado, tan sólo dos días y tres horas y media, tras lo cual se fue derechito a tierra. El vuelo fue bien durante sólo 10 horas, el resto del tiempo fue un viaje terrible en el que el globo bien golpeaba el suelo, bien se alzaba de nuevo.

En contra de lo que pueda parecer, nadie murió en el accidente contra la helada banquisa. De hecho, fue un aterrizaje más o menos suave en el que ni siquiera murieron las palomas mensajeras, ni tampoco fueron dañados los instrumentos científicos ni las cámaras que iban a bordo. Además, el accidente puso fin a ese angustioso viaje de dos días en el que nadie había conciliado el sueño, y no es de extrañar. Imagínate por un momento en un globo en medio de la nada, en el ártico, en una cesta de unos pocos metros cuadrados y rodeado de nubes poco halagüeñas y de vientos embravecidos que bambolean el aparato continuamente. Y eso sin contar con la humedad que hacía cada vez más pesado al globo, responsable junto a la gran pérdida de hidrógeno de que al final el aparato tocase la banquisa. No creo que sea un ambiente que ayude a conciliar mucho el sueño…

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El globo tras el accidente

Ahora se planteaba un dilema bastante grave: cómo demonios salir con vida de allí. Es cierto que estaban con plena salud, que no estaban cansados y que pudieron recuperar todo el aparataje que había en el globo, pero ¿cómo regresar a la civilización? Pues andando, y debían darse prisa, puesto que les separaban miles de kilómetros y el verano ártico se acabaría antes de lo que les gustaría. Y es que a pesar de que sólo habían viajado esos dos días, la forma caótica y errática de hacerlo les había alejado bastante de cualquier lugar de ayuda, dejándoles completamente solos en medio del hielo.

En el globo llevaban comida, calzado para caminar por la nieve, esquíes, trineos, un bote pequeño, rifles y munición y hasta una cámara de siete kilos (sí, cargaron con ella). Sin embargo, como ya dije anteriormente, no estaban preparados ni entrenados para una expedición por tierra dado que no se contempló esta posibilidad. De ahí que los trineos no fuesen los adecuados, sino muchísimo más pesados de lo que se requería. Tampoco habían aprendido las técnicas de los inuit para sobrevivir en el hielo, ni siquiera llevaban abrigos de piel adecuados, sino de paño y hule, que se mojaban en seguida con la humedad del terreno y que les dificultaba la marcha.

Pasaron una semana junto al globo estrellado, no sabiendo muy bien hacia donde partir. No quisiera estar en su pellejo, a miles de kilómetros de distancia de cualquier sitio y habiendo fracasado en su empeño (puesto que la opción de ir al Polo andando era una locura, dada la distancia y lo mal preparados que estaban). Al final se tuvieron que decidir entre dos alternativas; dos depósitos de comida que se encontraban bien en una de las islas de archipiélago de Tierra de Francisco José, o bien en otra islita del archipiélago Svalbard. Se decidieron por partir al este, a la Tierra de Francisco José ya que pensaron que la distancia era similar en uno y otro caso y quizás llegarían un poco antes a este punto que a Svalbard.

Una vez decididos abandonaron el globo e iniciaron una lenta y penosa marcha por la banquisa. Cargaron la comida (que no era la más adecuada para la expedición terrestre) en los trineos, de modo que en cada uno de ellos había cerca de 200 kilos entre instrumental y provisiones. Como era de esperar, se cansaron muchísimo rápidamente y los trineos se resquebrajaron en muchos puntos, lo que hizo necesario el tirar alimentos y aparejos.

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Desplazándose por el hielo con los pesados trineos

Y aquí empezaron, aún más si es posible, los problemas; como la ración de alimentos era escasa, se vieron forzados a usar los rifles para cazar morsas, focas y, sobre todo, osos polares. Y digo que esto es un problema por la enfermedad que veremos a continuación y de la que se sospecha que fue la causante del trágico fin de nuestros tres protagonistas. Por ahora sabed que no llegaron hasta la Tierra de Francisco José, sino que discutieron y decidieron cambiar de rumbo e ir hacia la dirección contraria, hacia Svalbard, en el oeste, donde estaba el otro depósito de comida. Llevaban ya semana y media caminando por el hielo y veían que la deriva de la banquisa los desviaba de su primera opción por lo que decidieron cambiar de meta.

En esta travesía hacia Svalbard, el equipo tuvo en ocasiones que echar mano de su bote, cuando el hielo estaba fragmentado y quedaban remansos de agua por las que navegar y en las que toparse con algún oso o morsa. Pero justo cuando les quedaba poco para alcanzar el archipiélago el viento cambió y ellos vagaron a la deriva en el hielo. Finalmente, decidieron construir un refugio con hielo encima de la banquisa y resguardarse allí. Era el 12 de septiembre de 1897 y llevaban ya cerca de 2 meses moviéndose por el hielo. El refugio era bastante completo, conteniendo una habitación en la que dormían los tres hombres, así como una sala con  una silla y una antesala.

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Mapa de Andrée del refugio que construyeron en el hielo. La habitación está en la parte superior del mapa

El refugio quedó finalmente separado del hielo, flotando en un témpano que se estrelló contra una isla del archipiélago Svalbard, al que querían llegar, llamada Kvitøya (una isla bastante alejada del resto del archipiélago y que no contenía el depósito de comida que buscaban). Al estrellarse, el témpano se rompió y tuvieron que abandonar el refugio para instalarse en la isla y construirse uno nuevo. En esa isla hallarían su muerte en unos días…

Llegados a este punto puede que uno se pregunte cómo demonios sabemos tanto de la expedición, todos y cada uno de sus pasos y movimientos, así como sus decisiones. Lo cierto es que, a pesar de que sólo disponían de esas boyas (de las que sólo dos se llegaron a recuperar años más tarde) y de las palomas mensajeras (ninguna llegaría a tierra) para comunicarse con el mundo, los tres aventureros llevaban diarios en los que anotaban minuciosamente todo lo que les ocurría en el transcurso de la expedición. Además no nos olvidemos de la cámara; Strindberg tomó más de un centenar de fotografías con ella. Por otra parte Andrée llevó su diario personal, cuyas últimas páginas son un fiel reflejo de la angustia a la que se enfrentaban en la isla en la que encontraron su muerte, dada la incoherencia de la escritura y el daño hecho a las páginas del cuaderno. Incluso Strindberg, el más joven, tomaba notas en taquigrafía sobre lo que pensaba de la expedición y escribió cartas  (que jamás, obviamente, pudo enviar) a su novia.

¿Y cómo se recuperó todos estos escritos y estas fotografías? Lo cierto que se tardó 30 años en localizar los cuerpos. En Suecia esta expedición alcanzaría la categoría de mito durante las primeras décadas de principio de siglo XX, y fueron muchos los que especularon con lo que podía haber pasado con estas personas de las que nadie tenía noticia. Se les buscó activamente de los primeros años, adquiriendo la expedición incluso más importancia que antaño. Sin embargo, el territorio a buscarlos era inmensísimo, pudiendo estar cerca de Suecia, o bien cerca de Canadá o Rusia, dependiendo de lo mucho o poco que hubiesen avanzado en su viaje. Además, las informaciones que llegaban desde muchos rincones del ártico no eran de fiar; que si se había hallado la canasta del globo, la tela del mismo, hombres cayendo desde  el cielo…

La verdad se supo, como en muchas otras ocasiones, por mera casualidad. En 1930 los barcos Bratvaag e Isbjørn se encontraban en el archipiélago Svalbard cazando focas y realizando experimentos científicos en los glaciares del archipiélago. El problema es que la isla Kvitøya es normalmente poco accesible a los barcos, por lo que nadie había buscado a estos tres hombres en esa zona en esos treinta años. Sin embargo ese año pudieron acercarse a la isla dada la escasa cantidad de hielo alrededor de la misma (fue un año bastante caluroso). Fue entonces, una vez desembarcados en la isla y al ir a buscar agua, cuando dos marineros encontraron un pequeño bote congelado junto a un arroyo. Estaba cubierto por varias capas de nieve, pero la inscripción seguía siendo muy legible: “Andreé’s polar expedition, 1896”. Inmediatamente el capitán ordenó que se batiera la isla en busca de la tripulación del globo. Se encontró ese mismo día un diario y dos esqueletos junto a él, que identificaron como los cuerpos de Andrée y del estudiante Strindberg por las insignias de sus ropas. Pasado un tiempo y ya con toda la prensa y las autoridades informadas del descubrimiento, se encontró el tercer cuerpo  así como numeroso material de la expedición, entre el que se podía contar las fotografías o los otros diarios. Finalmente, los cuerpos fueron llevados a Estocolmo, donde se les incineró y se les dio un funeral de estado, tratando de héroes a los fallecidos treinta años atrás.

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Funeral en Suecia cuando recuperaron los restos en 1930

¿POR QUÉ MURIERON?

Aún hoy sigue siendo un misterio, dada la rapidez con que les incineraron y enterraron los restos. Nunca se sabrá con exactitud la causa de la muerte de estos hombres, y, lejos de querer buscar a los culpables humanos (algunos apuntan a Andrée y su exceso de confianza) quiero hablar del que se piensa que fue el responsable último de estas muertes, dado que este es el objetivo de esta entrada. Por todo ello, voy a obviar las diversas teorías y me voy a centrar en la triquinosis.

Los expertos apuntan a esta enfermedad como la más probable por dos aspectos, el que ya mencionara antes de la caza de osos polares para alimentarse y el hecho de que estaban en relativa buena salud antes de llegar a la isla (no reflejaron ningún síntoma de importancia en sus diarios antes de que el témpano de hielo donde viajaban se estrellase contra la isla), donde encontrarían la muerte en muy poco tiempo. La triquinosis encajaría en estos aspectos, por lo que me decanto a hablar de ella antes que de las otras posibilidades.

La triquinosis es una enfermedad parasitaria causada por un nematodo que se ingiere al comer carne que contenga larvas del parásito enquistadas en las células de sus músculos. Esa carne comúnmente es de cerdo o el jabalí, pero hay otras posibilidades como la carne de morsa, zorro, rata o de oso.

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Cuando cazaron su primer oso polar

Ponte que cazas un jabalí o, en este caso, un oso, y no lo cocinas adecuadamente. Al comerte los músculos del animal, si este está infectado, estarías ingiriendo una bonita cantidad de quistes que irían derechitos a tu estómago. Allí los quistes se romperían y se liberarían todas las larvas. Éstas se dirigirían hacia el intestino, donde alcanzarían su fase adulta, convirtiéndose en gusanos de casi 5 mm de longitud. Estos gusanos se reproducen en tu intestino y generan nuevas larvas que son capaces de atravesar la pared intestinal y alcanzar el torrente sanguíneo y los vasos linfáticos. Si lo consiguen, estás fastidiado, puesto que las larvas migran hacia los tejidos musculares estriados (tu bíceps, por ejemplo) y se enquistan allí para vivir durante años. Si ahora un caníbal te comiese, tú mismo lo infectarías con tus células musculares plagadas de parásitos (a estas células musculares se les denomina células nodriza).

Los síntomas varían en cada fase. En la primera fase de incubación (hasta que aparecen síntomas graves) podrías tener un poco de cefalea o astenia, o incluso no sentir nada en absoluto. Esta fase dura en torno a un mes, de modo que puedes pasarte todo ese tiempo sin saber que has comido carne infectada y estar completamente asintomático (como se sospecha que les pasó a los tres aventureros).

La siguiente fase sería cuando las larvas llegan a tus músculos y lo invaden. Ahora ya empiezas a sentirte un poco mal y te puede entrar algo de fiebre, cefalea y lo que es más característico, un edema palpebral bilateral (el tejido alrededor de los ojos se te hincha como si te hubiesen dado un porrazo). Esta fase dura tan sólo unos días y sólo es el preludio a lo que viene después; una fase de estado en el que los pacientes siente un empeoramiento de esa fiebre y cefalea y empieza a sentir miositis y mialgias, es decir, le duelen los músculos en función de cuáles hayan infestado los parásitos. También pueden aparecer vómitos, diarrea, dolor abdominal, rash cutáneo, problemas oculares (inyección conjuntival), cardiacos (a fin de cuentas, las larvas pueden afectar el miocardio, que no deja de ser músculo) y pulmonares. Y lo más llamativo, al menos para este caso, es que pueden incluso afectar al encéfalo dando encefalitis. Ya comenté que las últimas páginas del diario de Andrée muestran que el hombre estaba delirando y alucinando en las fases finales, con lo que esto sería la causa última de su muerte.

No os asustéis, la miocarditis (que puede ocasionar arritmias), la neumonitis y la encefalitis son una causa de muerte por triquinosis bastante infrecuente en España. Hay que llegar a un estadio muy avanzado para verse en esas condiciones. Si bien hoy contamos con sofisticados métodos de diagnóstico (como la biopsia del músculo para ver los quistes del parásito allí, o los estudios serológicos para ver los anticuerpos formados), lo cierto es que la lucha contra esta enfermedad viene dada por una correcta prevención, y es que el tratamiento específico contra el parásito no existe (se puede usar albendazol cuando el parásito está aún en el intestino, pero no sirve si ya ha alcanzado los músculos).

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Biopsia de un músculo afectado por Trichinella spiralis

La triquinosis trajo de cabeza a nuestro país durante la dictadura franquista. La gente realizaba matanzas en los pueblos y no consultaba a los veterinarios, de modo que familias enteras podían caer enfermas por comer carne contaminada. Se decidió entonces tomar una medida que resultó ser eficaz; siempre que se realizase la matanza, se debería llevar obligatoriamente una muestra del cerdo (que podía ser de la lengua) al veterinario, para que este determinase si se podía comer el animal o no). Hoy día se sigue haciendo, y el número de individuos infectados por carne de cerdo contaminada ha disminuido muchísimo. Además, los modernos sistemas de refrigeración (congelar la carne a una temperatura inferior a -20ºC puede acabar con el parásito) y de esterilización han ayudado bastante.

El problema está en la caza de animales salvajes, como el jabalí, así como las matanzas ilegales de cerdos que se escapan del control de las autoridades sanitarias. En este enlace reciente del periódico El País del 7 de marzo de este mismo año, se nos comenta que en Cataluña los jabalíes infectados por el parásito se han incrementado de una manera alarmante, pasando de uno de cada mil ejemplares cazados a uno de cada 300. Debido a ello las autoridades sanitarias dieron la voz de alarma y no es para menos; normalmente estos brotes vienen dado de amigos cazadores que se comen el animal sin haber consultado a un veterinario para el control pertinente.

Si analizamos los periódicos comprobamos que hay multitud de brotes que casi siempre afectan a varias personas que ingirieron carne del mismo animal. Los casos más graves se dan cuando una fábrica de embutidos se ha saltado las normas sanitarias pertinentes y el número de afectados se incrementa en gran medida. Estos casos han ocurrido en zonas de Andalucía como Granada. Por todo ello, si bien es cierto que la incidencia ha descendido, aún hoy en día se registran casos graves e incluso muertes, la última ocasionada en Aragón en un cazador, como podéis leer aquí

Por último, destacar que puede que los aventureros no murieran sólo de triquinosis. Pudieron morir desnutridos, por procesos diarreicos, por envenenamiento con plomo, intoxicación por vitamina A (si uno come mucho hígado de oso puede llegar a tener problemas en este sentido) y un largo etcétera. Sin embargo, he considerado la triquinosis como la principal causa de su muerte por lo bien que encaja y porque gente más lista que yo se ha adherido a esta teoría.

CONCLUSIÓN

La moraleja de esta historia fue evidente incluso en aquellos años, cuando en Suecia no tenían noticias de los aventureros de la expedición; cuando una empresa está mal organizada, con exceso de confianza y optimismo y desde una perspectiva para nada realista, la mayor de las tragedias puede sobrevenir. Y es que, como dijo el de la tostada, si algo malo puede pasar, pasará.

Desde entonces, poca gente se ha aventurado a llegar tan al Norte sin ir bien preparado, y, obviamente, cocinan muy bien la carne de los animales que cazan para no sufrir un final tan trágico. Y es que no hay nada más efectivo contra una enfermedad infecciosa que prevenirse contra ella.

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Monumento a los tres expedicionarios en la isla Kvitoya
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El globo al poco de partir de Svalbard. Jamás regresaría
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